miércoles, 15 de febrero de 2023

Entrevista a Anselmo Santos, autor del libro "Stalin el Grande"

Anselmo Santos (Salamanca, 1930), oficial de Artillería, dejó el Ejército por el mundo civil y se licenció en Ciencias Políticas con una tesis sobre la revolución portuguesa de 1974. Además de publicar artículos diversos en El País, ha participado como ponente en varios foros sobre la transición rusa celebrados en Moscú, Madrid y otras ciudades. Sobre el mismo tema, ha publicado una larga serie de artículos en Cinco Días. Buen conocedor de Rusia y su cultura, resumió su visión del alma rusa en el libro En Rusia todo es posible (2003).


1. ¿Qué te motivo a escribir un libro sobre Stalin?

Hace nada menos que ¡setenta años!, a mediados de enero de 1953, tras recibir el despacho de teniente de Artillería, me incorporé a mi primer destino, un Regimiento Antiaéreo, a las afueras de Madrid. Dos meses después de mi llegada, la radio y la prensa anunciaban la muerte de Stalin, sensacional noticia que fue objeto durante semanas de entrevistas, crónicas, comentarios, en los que abundaban los epítetos al déspota desaparecido: patán, salvaje, demente, sádico, sanguinario.

Días después, el coronel que mandaba el regimiento, un jefe admirable, culto, abierto, dialogante, me convocó a su despacho y me dio la dirección de una oficina para que recogiera un sobre a su nombre. El coronel Ignacio Moyano, marqués de Inicio, había sido agregado militar en nuestras embajadas de París y Berlín durante la guerra mundial y seguía ligado a los servicios de inteligencia. Y yo estaba a cargo de los transportes, disponía de una moto con sidecar y hacía de mensajero, solo para él, cuando se trataba de materias reservadas. En esos casos nunca utilizaba a un ordenanza ni me daba la orden a través de su ayudante. Me avisaba directamente, lo que me obligaba a tener siempre la moto en estado de revista, de lo que se ocupaba su conductor, un viejo cabo, loco al volante, que la tenía como una patena. La oficina se hallaba en la calle Alcalá, frente al Retiro. Espere varios minutos en una sala de reuniones con vitrinas llenas de libros adosadas a las paredes. En una de ellas se encontraban decenas de números de la revista "Foreign Affairs". Abrí la vitrina y cogí el último con intención de mirar el índice. Quedé boquiabierto. En la portada aparecía un título impensable: "Generalisimo Stalin and the art of government", by O. Utis. Tomé nota a toda prisa, recibí el sobre lacrado y, sin poder ocultar mi estupor, conté al coronel lo sucedido. Me contestó mirándome fijamente a los ojos, pensativo:" No diga ahí fuera una palabra. Stalin fue un hijo de perra, pero era un genio." Entendí su deseo de que lo dicho por él no trascendiera; se jugaba el ascenso a general. Y a la vez nació en mí el interés por el "Zar Rojo", un "hobby" apasionante que no decae pese al largo tiempo transcurrido.


2. ¿Cómo te sentiste cuando viste que a Stalin también se referían como generalísimo?

Pocos personajes de la Historia merecen tanto como Stalin el título de “generalísimo”. La pasión por la historia nace en él a edad temprana y dura toda su vida. La lectura exhaustiva de los clásicos, el análisis concienzudo de las batallas decisivas desde la Antigüedad, el estudio de las gestas de los grandes capitanes son los fundamentos de su saber en el arte de la guerra; saber que se manifiesta en sus múltiples decisiones sobre asuntos militares a lo largo de su carrera.

Mucho antes de la revolución, en la biblioteca del seminario de Tiflis, Stalin descubre a los clásicos: Homero, Heródoto, Plutarco, Jenofonte, Tácito, Tito Livio, Julio César… Y es fiel a ellos hasta sus últimos días, ya que aparecen, publicados por las editoras del Estado, en sus dos bibliotecas privadas, una en el Kremlin, otra en su casa a las afueras de Moscú; todas las obras con subrayados o notas al margen. Por otra parte, entre los autores leídos y releídos por Stalin figuran los mejores tratadistas militares de todos los tiempos. El libro de Sun Wu tiene páginas enteras marcadas en azul. (Utilizaba dos lápices, uno azul, otro rojo, cuando leía; el rojo para señalar su desacuerdo o rechazo). Del arte de la Guerra, de Maquiavelo, uno de los párrafos subrayados en azul tiene que ver con los eslavos: “Por eso los escitas pudieron arrasar aquel imperio que había agostado la capacidad de los demás sin ser capaz de mantener la suya”. Del siglo XVIII en adelante, los autores se multiplican: Henry Lloyd (inglés al servicio de Rusia, especialista en la Guerra de los Siete Años), Mauricio de Sajonia, Federico el Grande, Jomini. También anota los magistrales apuntes de Lenin sobre la obra de Clausewitz. * De Schiller, aparte de sus obras teatrales, que conserva junto a las de Shakespeare, estudia la Historia de la Guerra de los Treinta Años. Siente predilección por la historia de Francia y cuenta con biografías de sus grandes protagonistas: Carlomagno, Enrique IV, Richelieu, Luis XIV, Napoleón. Junto a la Historia Política de la Revolución Francesa, de Alfonse Aulard, conserva la mayor parte de los libros publicados en ruso sobre la Revolución y la Comuna de París. Muchos de ellos están llenos de anotaciones escritas, a veces en papeles aparte que mete entre sus páginas. Es lo que hace con sus extensos comentarios a los errores de Robespierre, a quien culpa de su propia caída y del trágico final de la Revolución.

Le interesa sobremanera nuestra Guerra de la Independencia, y tiene las obras más importantes publicadas en ruso; entre ellas la Historia de la Guerra de la Península, de Maximilien Foy, y la Historia de la Guerra de España, del general inglés William Napier, en las que subraya, o acota, todo lo referente a los movimientos guerrilleros.

En cuanto a Rusia, tiene prácticamente todo lo reseñable: las grandes obras de los historiadores Belarminov, Kavelin; Karamzín, Kluchevski, Milukov, Soloviev, Wipper; las múltiples biografías de Iván el Terrible y Pedro el Grande; la correspondencia del primero con el príncipe Kurbski y con otros personajes de su tiempo; los documentos diplomáticos, desde la misión del jesuita Polovino en el siglo XVI hasta la Revolución; las memorias de Catalina la Grande y, con reiteradas señales de interés por su contenido, La Campaña de Napoleón de 1812, obra insuperable de Evgeni Tarlé –autor también de una biografía de emperador– a quien concede en 1918 el premio Stalin.

Pero el autor preferido de Stalin es, sin duda, Friedrich Engels, cuyos escritos militares le interesan bastante más que El Capitál. Se ha dicho que Marx y Engels fueron los padres de la guerra total y de la estrategia revolucionaria, pero el segundo, además, era un verdadero experto en el arte militar. Escribió cientos de páginas sobre las campañas, la organización de los ejércitos, las tácticas y las técnicas de combate, la instrucción y la moral de las tropas, las guerrillas, la influencia decisiva de la producción de armamentos  y de la producción en general.

Libro de Engels, 1850

*En los años treinta, se publican en Moscú, por orden suya y con destino a las academias militares, tanto la Tetradka –los apuntes de Lenin– como la célebre obra de Clausewitz, De la Guerra. De la producción de armamentos y de la producción en general. Era tal su obsesión por los temas militares que sus amigos lo llamaban “general Engels”. Y tanto Marx como Lenin tenían en gran estima su talento y su sabiduría en el arte de la guerra.

Además de innumerables biografía y memorias de políticos y militares de diversas épocas –entre ellas casi todo lo publicado en la emigración por los vencidos de la guerra civil–, en la biblioteca de Stalin se hallaban libros sobre las guerras de religión, la guerra civil de Estados Unidos, la Primera Guerra Mundial y la revolución alemana de 1918-1919. Y, por supuesto, los escritos militares soviéticos: las obras de Tujachevski, de Frunze –sucesor de Trotski como comisario de Defensa y precursor de la ciencia militar soviética– y del propio Trotski; estas últimas, repletas de líneas y notas marginales en rojo. De las embajadas soviéticas, recibía puntualmente los artículos más interesantes aparecidos en las revistas militares de otros países, y un equipo de traductores trabajaba sin descanso a su servicio. La rápida derrota de Francia en 1940, que recordaba la de 1870, llevó a Stalin a interesarse por Bismarck, con quien el propio Hitler gustaba compararse. Ordenó la reimpresión de sus Obras Escogidas, dos tomos de memorias y uno de discursos, que habían sido publicados en San Petersburgo en 1899. Recibió el primer tomo, ya impreso, listo para su distribución, y sacó tiempo para leerlo, anotarlo y llenar de comentarios y correcciones el prólogo; solo cuando este fue reescrito a gusto de Stalin, el libro fue puesto a la venta. (Aunque la primera edición del primer tomo nunca llegó a las librerías, algún bibliófilo tiene las dos, solo diferentes en los prólogos).

El interés por la historia y, más concretamente, por la guerra fue sin duda, su hobby dominante. Ninguna otra afición era tan intensa: en plena contienda mundial seguía leyendo sobre todo literatura militar: releía las biografías de Kutúzov (vendedor de Napoleón) y de Suvórov; y el libro de este último, La ciencia para vencer. Coleccionaba mapas y esquemas de las batallas más importantes de todos los tiempos, y seguía sobre ellos el desarrollo de las campañas. Anotaba en cuadernos los errores y aciertos de los contendientes, la utilización de las reservas, la organización de la retaguardia, las repercusiones geopolíticas.


3. ¿Cómo el ejército rojo tras la Revolución de Octubre de 1917 pudo hacer frente a los zaristas y la intervención militar de otros países? USA, Gran Bretaña, Francia...

El Ejército Rojo Obrero y Campesino contó al inicio con menos de 200.000 hombres. En Rusia se celebra, como fecha de su fundación, el 23 de febrero de 1918, aunque unas semanas antes ya se había formado una gran unidad con centenares de guardias rojos y soldados de la guarnición de Petrogrado. En la misma primavera de 1918 tuvo lugar el desembarco de las primeras tropas inglesas, francesas, norteamericanas y japonesas. Esa intervención tenía por objetivo no solo derribar el poder soviético, sino más bien ocupar puertos estratégicos (Múrmansk, Vladivostok) y adueñarse de ricos territorios de un extremo a otro del país. La invasión extranjera continuó por mar y por tierra en 1919, y decenas de miles de hombres de otras nacionalidades (checos, polacos, italianos, letones, estonios, rumanos, finlandeses, alemanes) se unieron a los rusos contrarrevolucionarios –los guardias blancos– mandados por generales y almirantes zaristas. La guerra civil se extendió del Báltico al Pacífico, de Ucrania y Bielorrusia a los Urales y Siberia.

El gobierno soviético se vio obligado a movilizar todos los recursos humanos y económicos para la defensa: se implantó el llamado “comunismo de guerra”. Un año después de su fundación, los efectivos del Ejército Rojo se elevaban a casi dos millones de hombres y, a finales de 1920, a cinco millones y medio; otros dos millones –la cifra espanta– ya habían caído hasta entonces en combate. Luchando durante tres años, a veces en seis frentes distintos con una longitud de casi 8.000 kilómetros, el Ejército Rojo, apoyado por la inmensa mayoría del pueblo, repitió la hazaña de las tropas revolucionarias francesas del siglo XVIII: derrotó uno a uno a todos los ejércitos invasores. El coste, eso sí, fue enorme: Rusia perdió más población que en la Primera Guerra Mundial y quedó prácticamente arruinada.

Finalizada la guerra civil, el Ejército fue drásticamente desmovilizado: quedó reducido a poco más de medio millón de hombres, el 10 por ciento de los alistados al terminar la lucha. Simultáneamente, tenía lugar una agria polémica sobre el futuro de las Fuerzas Armadas. Varios miembros del Comité Central, faltos de realismo, embriagados por la victoria reciente, desdeñaban el peligro de una nueva y más violenta intervención extranjero y abogaban por la liquidación del Ejército Rojo y el paso inmediato a las milicias populares. Stalin se opuso con firmeza a ese proyecto. A iniciativa suya, en enero de 1924, pocos días después de la muerte de Lenin, el Comité Central creó una comisión para el estudio de la operatividad de las Fuerzas Armadas. Las conclusiones de la llamada Comisión Frunze fueron sombrías. El propio Frunze, recién nombrado vicecomisario del Pueblo para la Defensa y que ejercía las funciones de jefe del Estado Mayor, declaró: “El Ejército Rojo, en su forma actual, no está en condiciones de combatir”. Stalin no era aún el líder indiscutible, pero logró los apoyos necesarios para que sus tesis, coincidentes con las de Frunze, sobre la continuidad, el fortalecimiento y la modernización del ejército profesional fueran aprobadas. La consecuencia inmediata fue la primera ley sobre el servicio militar obligatorio, por cinco años, de todos los ciudadanos de la URSS. Y la creación simultánea de reservas territoriales con millones de hombres listos para tomar las armas en caso de movilización.

Mikhaïl Frunze

La oposición a esas medidas persistía, y ello provocó una nueva y más contundente declaración de Stalin en el Pleno del Comité Central celebrado un año después. Reconocía que las necesidades económicas y culturales superaban las posibilidades del país, lo que servía de argumento a quienes proponían reducir el ejército hasta convertirlo en una milicia, un ejército de paz, una simple fuerza pública para garantizar el orden. Pero añadía que la posibilidad, por remota que fuese, de una nueva guerra le obligaba a “declarar de la manera más categórica que es necesario liquidar enérgicamente esa tendencia liquidacionista”. Y concluía: “Hay que estar preparados para todo, hay que preparar nuestro ejército, calzarlo, instruirlo, mejorar su material, mejorar sus recursos químicos, su aviación y, en términos generales, elevar nuestro Ejército Rojo a la altura debida. Así nos lo exige la situación internacional”.

Se crearon centenares de escuelas militares. Esas escuelas, desde las destinadas a la formación de mandos intermedios para todas las armas y servicios hasta la Academia del Estado Mayor General –más tarde, Academia Militar Frunze–, lograron enseguida un nivel comparable al de las más prestigiosas del mundo. A ellas eran enviados compulsivamente, lo deseasen o no, los oficiales más brillantes a juicio de sus jefes. En 1941, al producirse la invasión nazi, las escuelas militares del país sumaban la impresionante cifra de 210.000 alumnos, y gran parte de ellos aspiraban a continuar su carrera como cuadros permanentes del Ejército Rojo. Durante la guerra, las escuelas se multiplicaron y, en cursos intensivos de cuatro o cinco meses, proporcionaron cerca de dos millones de oficiales.


4. ¿Qué era Osoaviajim?

Stalin era consciente de que la instrucción militar limitada al propio ejército no garantizaba la defensa del país. En 1923 se habían fundado la Sociedad de Amigos de la Flota Aérea y varias otras similares, con objeto de mantener vivo en el pueblo el espíritu de la guerra civil ante la perenne amenaza de una nueva agresión exterior; la primera recaudó en dos años seis millones de rublos oro, con los que se financiaron trescientos aviones de combate. Todas ellas se integraron en 1927, cuando Stalin ya había derrocado a sus principales adversarios, en una de las creaciones más extraordinarias de su fecunda imaginación: la impresionante Osoaviajim, gigantesca organización paramilitar, a escala nacional, subordinada al Comisariado del Pueblo para la Defensa, y que pronto adquirió, por sus singulares atractivos, gran popularidad entre la población: llegó a contar con cuarenta millones de miembros, de los que más de una tercera parte eran muchachas.

Consistía en cientos de clubes deportivos, repartidos por todo el territorio, cuyas múltiples actividades estaban orientadas a la defensa del país. Contaba con su propia flota aérea, aeródromos, torres de paracaidismo, centros de vuelo en planeadores, estaciones de esquí, campos de tiro, escuelas de equitación y talleres de diverso tipo. Los medios puestos a su disposición eran enormes, y resulta milagroso que, en pleno proceso de industrialización, que consumía ingentes recursos, el Estado pudiera financiar la Osoaviajim. Los diversos cursos, impartidos generalmente por oficiales de la reserva, solían durar un año y, dado su carácter deportivo, debían seguirse sin interrumpir los estudios o la actividad laboral. Una de las más famosas aviadoras soviéticas, Ekaterina Médnikova, aprendió a volar en la Osoaviajim mientras era obrera en una fábrica. Los cursos eran voluntarios, pero era tal la demanda que superaba con creces las plazas disponibles. Tenían preferencia los jóvenes antes de su incorporación a filas y, gracias a la Osoaviajim, ninguno de ellos entraba en el Ejército o la Marina sin haber recibido alguna formación militar.

En el ámbito de la aviación, durante los casi tres lustros transcurridos desde su fundación hasta el comienzo de la guerra, millares de muchachos de uno y otro sexo participaron en los cursos de la Osoaviajim, a razón de unos diez mil por año; la única exigencia para ser admitidos era aprobar el examen médico. Aprendían a pilotar, realizar vuelos acrobáticos y nocturnos, y volar a ciegas. La mayoría de los graduados soñaban con llegar a ser pilotos de guerra. En los años treinta, los aviadores soviéticos consiguieron récords internacionales de velocidad, distancia y altitud. Todos ellos eran graduados de la Osoaviajim que se habían incorporado posteriormente a las numerosas academias militares de aviación

escudo del Osoaviajim

El paracaidismo y el vuelo en planeador también tuvieron gran éxito. La Osoaviajim contaba con más de cien escuelas de paracaidismo y con seiscientas torres de lanzamiento erigidas en los más diversos lugares del país. En 1940 se realizaron cinco millones de saltos desde esas torres y un millón más desde aviones. En vísperas de la guerra se introdujeron importantes cambios en el curso de paracaidismo. Los alumnos estudiaban un idioma extranjero, mayoritariamente el alemán, y aprendían a volar puentes, interceptar o mantener comunicaciones radiotelefónicas y telegráficas, manejar ametralladoras, atacar a la bayoneta y utilizar granadas de mano. Respecto a planeadores, la Osoaviajim disponía de más de cien centros de vuelo, en los que cuarenta mil alumnos por año realizaban prácticas selectivas para futuros pilotos de combate. Todos los récords del mundo tanto en paracaidismo como en vuelos sin motor fueron conseguidos por miembros del Ejército Rojo o por civiles soviéticos. En 1939 Olga Klépikova estableció el récord mundial de larga distancia en planeador: casi setecientos cincuenta kilómetros. Y trenes de planeadores fueron utilizados en la guerra para el transporte de tropas.

La Osoaviajim, que también agrupó a las asociaciones de partisanos, tuvo una influencia decisiva en la preparación del pueblo para la defensa. Millones de personas aprendieron divirtiéndose, y los variados conocimientos adquiridos quedaron patentes durante la guerra: la asombrosa eficacia de los equipos móviles que reparaban material y vulcanizaban neumáticos en plena línea del frente; la pericia de tanquistas, pilotos, guerrilleros, rastreadores, paracaidistas y francotiradores; el empleo de perros para la destrucción de tanques; la recuperación de material en la retaguardia enemiga; la neutralización de campos de minas, generalmente realizada por muchachas.


5. ¿Por que la URSS financio y entreno a tantos guerrillas partisanas durante la Segunda Guerra Mundial?

Como ya se ha dicho, a Stalin le interesa sobremanera la guerra de guerrillas y acumula una importante colección de libros y documentos sobre ella. Entre sus numerosas notas manuscritas figuran sus propias reflexiones sobre un hecho que considera trascendente y novedoso: la guerra de la Independencia española –sobre ella tiene todo lo publicado en ruso–, en la que, por primera vez, un pueblo en la indigencia se levanta en armas para enfrentarse a un ejército regular y moderno, el “invencible” ejército de Bonaparte. Entre los siglos XIII y XIX, los guerrilleros rusos lucharon contra los sucesivos invasores del país (tártaros, suecos, polacos, franceses) y en la guerra civil lo hacen contra los ejércitos blancos y las fuerzas extranjeras que pretenden derribar el régimen soviético. Durante el verano de 1812, los guerrilleros, organizados y dirigidos por mandos militares, hostigan sin descanso al ejército francés en su camino hacia Moscú. Y en los últimos meses del mismo año, los campesinos, con las armas más elementales, caen como una plaga sobre las tropas francesas en retirada, muertas literalmente de hambre y de frío. (Tolstói, en Guerra y Paz, eleva a los altares al campesino ruso por su fortaleza y su heroísmo).

Stalin es consciente del papel decisivo que el movimiento guerrillero desempeñará en la inevitable confrontación con Alemania, y pone todos los medios disponibles para anticiparse a la guerra y prepararlo hasta en sus menores detalles. Como se ha señalado ya las asociaciones de guerrilleros surgidas en todo el país por iniciativa de las autoridades locales, y que funcionaban de modo independiente, son integradas en la Osoaviajim desde que esta es creada en 1927. Una amplia red de centros activos de información, propaganda y reclutamiento, responsables también de la instrucción de los futuros partisanos, se extiendo por todo el territorio. En el Comisariado del Pueblo para la Defensa, del que depende la Osoaviajim, se organiza un doble Estado Mayor para coordinar las acciones del Ejército Rojo con las de los partisanos. Gracias a esas medidas, el movimiento guerrillero, que parece surgir espontáneamente cuando se produce la invasión, nace con un plan previamente establecido, que prevé la estrecha colaboración con las unidades regulares y, sobre todo, con los paracaidistas para actuar junto a ellos tras las líneas alemanas.


6. ¿Por que se creo en la URSS un arsenal de armas tan inmenso?

Si tanto la formación a gran escala de cuadros y tropas en las Fuerzas Armadas como la educación masiva del pueblo para la defensa fueron tareas extraordinarias por su rapidez y amplitud, el esfuerzo de Stalin, en un país industrialmente atrasado, para dotar a sus ejércitos de armas modernas en número ilimitado fue una proeza sin parangón en la historia. En los primeros años veinte, el Ejército Rojo tenía que contentarse con poco más que los restos del armamento, escaso y anticuado, de la época zarista. Durante la contienda civil, aunque el “comunismo de guerra” concentraba todos los recursos con vistas a la defensa, la industria solo pudo satisfacer con cierta holgura la demanda de cañones. (Desde Pedro el Grande, los rusos siempre prestaron gran interés al desarrollo de su artillería). Dadas las cifras astronómicas de piezas de artillería, carros de combate y aviones a disposición del ejército soviético durante la lucha contra los nazis, hacen sonreír las de la guerra civil que el mariscal Zhúkov cita en sus memorias: las divisiones de infantería del Ejército Rojo estaban armadas con fusiles, ametralladoras pesadas, revólveres y granadas; y las unidades mecanizadas no disponían de tanques sino de algunos centenares de autos blindados. (Entre los pocos aviones disponibles, únicamente seis estaban en aceptables condiciones; de hecho, la aviación tuvo un papel irrelevante en esa guerra).

En 1928, con Stalin ya firmemente asentado en el poder, se iniciaron los planes quinquenales para la industrialización del país, que prácticamente iban solapados con los llamados “planes de edificación militar”. El primero de ellos (1929-1933) preveía la producción masiva de tipos modernos de tanques y piezas de artillería, y de nuevos modelos de armas y aviones; la motorización a gran escala del ejército; la preparación intensiva de cuadros técnicos y el entrenamiento de las tropas en el uso del nuevo armamento. En un tiempo récord se construyó un gigantesco complejo fabril en los Urales, región que desde los tiempos de Pedro el Grande fue siempre la base militar industrial de Rusia. (En Ekaterimburgo permanece en pie el edificio donde estuvo la primera fábrica de cañones, gracias a los cuales el ejército sueco fue destrozado en Poltava). También se construyeron fábricas en lugares con fácil acceso a las materias primas de la Rusia europea.


7. ¿Cómo hizo la URSS para fabricar una industria de guerra tan pesada durante la invasión alemana?

Gracias a sus lecturas, Stalin conoce la importancia decisiva en las operaciones militares del transporte de tropas, del material bélico y de otros suministros imprescindibles: alimentos, vestuario, combustible. Toma buena nota de la utilidad logística de las calzadas romanas y aprende de Moltke que “cualquier progreso en los ferrocarriles es una ventaja militar”. Se propone por ello la construcción de una extensa red de vías férreas y de millares de vagones y locomotoras, y lo consigue, con su inflexible voluntad, en un corto plazo de tiempo. Al comienzo de la guerra, la gran vía férrea de Moscú, justo detrás de las líneas soviéticas, permite trasladar rápidamente tropas de un punto a otro, lo que compensa en parte la abrumadora superioridad del enemigo. Esa inesperada movilidad logística desconcierta al Estado Mayor alemán, que duda de los informes al respecto de los servicios secretos. Hitler monta en cólera cuando se niega a admitir que los rusos no solo fabrican tanques a centenares en los Urales, sino que los trasladan hasta los frentes (miles de kilómetros) en menos de una semana. La larga guerra exige cantidades astronómicas de material ferroviario: la totalidad de los transportes militares soviéticos durante la contienda exige el empleo de seis millones y medio de vagones, una cifra impresionante.

El más extraordinario ejemplo de la capacidad ferroviaria rusa, tan rápidamente adquirida, es la espectacular evacuación del complejo militar-industrial desde los territorios en riesgo inminente de ser ocupados hasta más allá de los Urales. Poco después del ataque alemán, Stalin crea el Consejo de Evacuación, con objeto, por una parte, de organizar el desmantelamiento “hasta el último tornillo” y el traslado “hasta el último hombre” de cientos de plantas industriales de todo tipo, entre ellas casi 1400 de material bélico; y, por otra, de preparar simultáneamente, máquina a máquina, los nuevos asentamientos para que las fábricas puedan reanudar su actividad lo antes posible. A finales de 1941, la mayor parte de las industrias de Ucrania, el Volga y la región de Moscú ya están funcionando en Kazajistán, los Urales y Siberia; y el año siguiente suministran al ejército las tres cuartas partes del material que necesita. Ese asombroso desalojo, considerado por los expertos militares de todos los países como una de las operaciones logísticas más perfectamente planeada y ejecutada de la historia de las guerras, exige más de millón y medio de vagones, que circulan hacia el este sin solución de continuidad. Junto con las máquinas, viajan los obreros y sus familias, y millares de personas se unen al imponente éxodo con tal de no caer en manos de los nazis. Nadie se lo impide, todo lo contrario: son bienvenidos en la llamada “Gran Tierra”, el territorio no ocupado por el enemigo, donde se trabaja sin descanso para abastecer el frente. Aunque en 1929 no existía en absoluto una industria de tanques propia, cuatro años más tarde el general Köstring, agregado militar alemán en Moscú, informaba a su gobierno de que los rusos contaban con 17.000 tanques, cinco veces más que los alemanes al iniciarse la invasión. Pero en su mayoría eran de modelos obsoletos y con escasa capacidad de maniobra; su blindaje era tan vulnerable que los propios rusos los llamaban “féretros de lata”.


El legendario T-34, bautizado después de la victoria como “el alma heroica de la Gran Guerra Patria” había sido proyectado en 1939, pero solo se habían fabricado mil doscientos cuando comenzó la guerra. Y es realmente asombroso que la URSS, en plena contienda, fuese capaz de producir material de guerra moderno en cantidades ingentes. Las industrias creadas por Stalin durante los planes quinquenales fueron vitales: solo en 1942 se fabricaron 60.000 tanques superiores a los alemanes. Un año después, a finales de 1943, los carros soviéticos, pese a las enormes pérdidas en combate, triplicaban los que Alemania tenía entonces en el frente ruso: 8.000 frente a 2.500.

Los dicho sobre la fabricación de tanques podría repetirse para los aviones de combate y la artillería. En esta última el invento más espectacular fue el lanzacohetes múltiple BM-13, empleado por primera vez tres semanas después del inicio de la guerra. Un año más tarde, se habían creado grandes unidades de “órganos de Stalin” –así llamado por los alemanes– y el impacto fue terrible: con una sola descarga de una división de lanzacohetes caían sobre las líneas alemanas 350 toneladas de metal.


8. ¿Cómo fue la dirección militar de Stalin?

La lectura de los clásicos enseña a Stalin que los grandes capitanes de la Antigüedad arengaban a sus tropas la víspera de las batallas y les infundían confianza después de las derrotas. Subraya lo que dice Plutarco sobre las proclamas de Alejandro y lo que el propio César escribe sobre la guerra de las Galias: cómo consolaba a los soldados sin ocultarles nada, animándoles a sufrir con paciencia los humillantes descalabros. Sabe también que Cromwell, Federico el Grande y otros legendarios jefes militares se dirigían con frecuencia al ejército para influir en el ánimo de sus soldados; y recuadra los párrafos de Maquiavelo en El Arte de la Guerra en los que sostiene que el talento oratorio del jefe cuenta tanto como sus cualidades de estratega. Pero quien realmente le inspira es Napoleón, a quien imita en el fondo, en la forma y en la divulgación a todo el pueblo de sus proclamas y órdenes del día.

Es en la guerra donde Stalin exhibe al máximo sus dotes para la propaganda. Tanto sus proclamas y órdenes del día al Ejército Rojo como las dirigidas a toda la población –nunca improvisadas, siempre escritas o dictadas por él– son lacónicas, precisas, emotivas e inteligibles. Stalin habla con acento georgiano, pero su ruso es fluido, con frases bien construidas, impecable. Tan perfeccionista en ese aspecto como en todo lo que emprende, corrige con frecuencia la puntuación de los innumerables documentos que pasan por sus manos y, en especial, las arengas de los generales a las tropas. Asombra el tiempo que dedica, en plena contienda, a sus frecuentes y certeros mensajes: durante los cuatro años de guerra, Stalin emite casi cuatrocientas órdenes del día, dos o tres por semana. El más inesperado homenaje a las órdenes del día de Stalin se encuentra en el Diario de Goebbels, el fanático ministro de Propaganda de Hitler. A primeros de abril de 1944, horas antes del inicio de la operación para la reconquista de Crimea, se da lectura a las tropas de la Orden del Día de Stalin: “Nos batimos en la tierra empapada en sangre de nuestros padres y hermanos. […] Que nuestro heroísmo acreciente la gloria de las armas rusas”. El ataque soviético fue tan arrollador que las tropas alemanas, pese a tener orden de volar e incendiar completamente la orla marítima de Yalta, no tuvieron tiempo de destruir la ciudad ni los antiguos palacios de Alupka, uno de los cuales, por cierto, había sido regalado dos años antes “al mariscal Von Manstein, conquistador de Crimea, por la Nación alemana agradecida”. Stalin rindió inmediatamente homenaje a las unidades combatientes, y Goebbels escribe en su diario: “Stalin publica una orden del día a sus tropas sobre la toma de Yalta. Las órdenes del día de Stalin me crispan cada vez más los nervios”.

Y en marzo de 1945, cuando los ejércitos soviéticos llegan al Oder y ocupan un sector clave en Pomerania Oriental, Goebbels responde con amargura, en las últimas páginas de su diario, a la nueva orden de felicitación de Stalin:

Con la pretendida toma de Küstrin, Stalin publica la 300ª orden del día, de la victoria. Esas trescientas órdenes del día representan para nosotros un singular calvario. De hecho, tendríamos que haber aguzado el oído desde la tercera, pero hemos dejado pasas ante nosotros la 30ª sin reaccionar y sin pensar seriamente en las consecuencias, y ahora hemos de sufrir esa 300ª como una funesta fatalidad. No es completamente falso decir, como hace la orden del día de Stalin, que esas trescientas etapas de la victoria bolchevique han visto la destrucción progresiva de gran parte de la máquina de guerra alemana.

Ante la guerra inminente, Stalin tomó una drástica medida, que ha sido duramente criticada por varios historiadores y provocó gran desconcierto entre los militares soviéticos: se negó a “quemar” sus mejores tropas en los primeros choques con los nazis. Sin embargo, fue una sabia decisión, que confirmó sus conocimientos militares y que hizo fracasar la guerra relámpago de Hitler. Las provocaciones alemanas previas a la invasión tenían por objeto atemorizar al mando enemigo y forzarlo a desplazar el grueso de sus fuerzas hacia la frontera. Esa era la idea básica de la operación Barbarroja: atraer al Ejército Rojo para cercarlo y aniquilarlo en sus posiciones defensivas. Así lo decía la orden de Hitler: “Penetrar más allá de las defensas soviéticas, sitiar y destruir las fuerzas principales […], perseguir los restos de esas fuerzas y ocupar Moscú envolviéndolo por el norte y por el sur”. Pero Stalin no cayó en la trampa; siguió al pie de la letra el consejo de su admirado Engels en el prefacio a Las luchas de clases en Francia (publicado íntegro por primera vez en la Unión Soviética en 1939): “No desgastar en luchas de vanguardia las fuerzas de choque; mantenerlas intactas hasta el momento decisivo”. Conservó a buen recaudo enormes efectivos, que usó en el momento oportuno a las puertas de Moscú. Y dejó prácticamente desamparadas las regiones fronterizas con unidades incompletas y material obsoleto. Incluso centenares de aviones anticuados permanecieron en las pistas y fueron rápidamente destruidos: era mucho más importante conservar con vida a los pilotos. Aun así, la heroica resistencia, a costa de terribles pérdidas –“las pérdidas no fueron inútiles”, comentó Stalin con su bárbaro desprecio por la vida humana–, logró frenar de modo considerable el avance alemán. Napoleón tardó ochenta y tres días en llegar al Kremlin, pese a que la sangrienta batalla de Borodinó detuvo temporalmente su marcha; los nazis tardaron cuatro meses en llegar a aquel mismo Borodinó y fueron parados en seco antes de entrar en Moscú.

Mientras los alemanes, atascados en el barro desde octubre, sufrían las bajas temperaturas sin ropas de invierno, sin guantes, sin botas adecuadas, las poderosas reservas estratégicas de Stalin se acercaban con sigilo a Moscú. Sorge, el gran espía soviético en Tokio, aseguraba en sus mensajes que Japón se disponía a enfrentarse con Estados Unidos y no tenía intención alguna de invadir Siberia y luchar en dos frentes; concretamente, había informado de la Conferencia Imperial celebrada el 2 de julio, en la que se adoptó el Programa de Política Nacional, que descartaba expresamente la intervención en el conflicto germano-soviético. Ello dejaba a Stalin las manos libres para emplear contra los nazis las fuerzas estacionadas en el Extremo Oriente soviético. Y los mismos convoyes que habían evacuado las fábricas de material de guerra siguieron desde los Urales hacia el Pacífico para trasladar a 400.000 hombres perfectamente entrenados, un millar de tanques y otros tantos aviones hasta las cercanías de Moscú. El gigantesco embarque se terminó en solo cinco días, y el último tren llegaba al lugar de concentración, a más de ocho mil kilómetros de distancia, a finales de octubre; justo para que varias de las unidades desplazadas participasen ante Stalin en la legendaria parada del 7 de noviembre de 1941, aniversario de la Revolución.

Mientras tanto, los alemanes no tenían dudas: el Ejército Rojo estaba acabado. Fue uno de los grandes fallos de los servicios secretos alemanes, que no detectaron los masivos desplazamientos de tropas ni la concentración de estas en los alrededores de Moscú. El 4 de diciembre, el día anterior al inicio de la arremetida soviética, el mariscal Von Bock afirmaba en un mensaje a Hitler: “El enemigo que se enfrenta al Grupo de Ejércitos Centro [que él mismo mandaba] es incapaz, en el momento presente, de organizar un contraataque por no contar con reservas sustanciales”. Nada menos que cuarenta divisiones, once de ellas de tanques, las llamadas Fuerzas de la Reserva del Gran Cuartel General del Mando Supremo, se le vinieron encima horas más tarde.

Hitler había asegurado repetidas veces que la guerra terminaría el mismo año 1941, y la Luftwaffe arrojaba sobre las tropas soviéticas octavillas en las que figuraba el titular de un periódico alemán:”1941. Año de la Victoria Total”. Como respuesta, se lanzaron sobre las líneas alemanas octavillas con una gran hoja dibujada en cuyo centro se reproducía la frase anterior enmarcada en un mensaje atroz: “En Rusia las hojas caídas cubren a los soldados muertos. Y la nieve cubre las hojas que cubren a los soldados muertos”. El mensaje, obra personal de Stalin, se hizo realidad cuando aparecieron frente a las trincheras alemanas las divisiones siberianas, bien equipadas con abrigos de piel de cordero, válenki –botas de fieltro que la nieve no traspasa–, gorros con orejeras y excelente armamento. Entonces, en aquel helado diciembre, ya no caían hojas sobre los soldados muertos, solo nieve y más nieve. No resulta extraño el testimonio del mariscal Keitel, jefe del Alto Mando alemán, en el proceso de Núremberg; al ser preguntado cuándo había pensado por primera vez que la Operación Barbarroja había fallado, contestó secamente: “Moscú”.

Los más antiguos mandos soviéticos iniciaron la guerra con la experiencia de la guerra civil y de las maniobras militares en tiempo de paz, bagaje insuficiente a todas luces para enfrentarse al ejército más moderno y poderoso de la época. En cambio, los nuevos generales, que se habían formado en las excelentes academias creadas por Stalin y sabían historia militar, reconocieron su acierto al constituir poderosas reservas y conservarlas en absoluto secreto, y tenazmente, con pasmosa sangre fría, hasta el instante decisivo. Así lo hacen los mariscales Zhúkov, Vasilevski, Rokosovski y otros generales, que publicaron sus memorias en los años setenta, dos décadas después de la muerte del dictador. Dice Zhúkov:

En los últimos años se suele acusar a Stalin de no haber dado instrucciones para trasladar el grueso de nuestras tropas desde las profundidades del país con objeto de hacer frente y rechazar el ataque enemigo. […] Nuestras tropas, insuficientemente dotadas de medios de defensa anticarro y antiaéreo, poseyendo menos movilidad que la del enemigo, no hubieran soportado los potentes y tajantes golpes de las fuerzas blindadas del adversario.

Zhúkov

Reitera Vasilevski:

Hay que destacar la inmensa importancia que tuvo la oportuna acumulación y el uso coherente de las reservas estratégicas por el mando soviético. Puede afirmarse sin rodeos que, a pesar de la grave situación –crítica a veces–, en los días de la heroica defensa de Moscú, el Gran Cuartel General dio pruebas de gran entereza y fuerza de voluntad conservando las reservas […] para el paso del Ejército Rojo a una resuelta contraofensiva.


Y añade Rokosovski:

Por orden del Cuartel General Supremo las fuerzas de reserva se trasladaron a Moscú y a otros distritos amenazados […] para preservarlas intactas hasta el momento decisivo. Ello requería un autocontrol extraordinario.

Stalin, que asumió la jefatura del Gobierno a primeros de mayo de 1941, mes y medio antes del ataque alemán, concentró en cuanto este se produjo todo el poder en sus manos: Comisario de Defensa, presidente del Comité de Defensa del Estado, Jefe Supremo. Dirigió la guerra desde el primer día en contacto directo con sus generales; el llamado Gran Cuartel General fue en realidad su propio despacho. Estudiaba en detalle todas las operaciones y daba nombre personalmente a las grandes ofensivas. Reconocía sus errores, cometidos sobre todo el primer año de guerra, y nunca culpaba a otros de sus yerros.

Entre los muchos autores que han resaltado la competencia de Stalin como jefe militar figuran el mariscal Gueorgi Zhúkov y el general británico Sir Alan Brooke. Zhúkov, adjunto de Stalin, dice en sus memorias publicadas en los años setenta del pasado siglo, dos décadas largas después de la muerte del dictador: “Tuve la posibilidad de estudiar a fondo a Stalin como estratega militar porque hice toda la guerra junto a él. […] Está fuera de duda que fue un excelente Comandante Supremo”. Y Brooke, jefe del Estado Mayor Imperial, que tuvo ocasión de hablar varias veces con Stalin sobre cuestiones estratégicas, afirmó en plena guerra: “Es un cerebro militar de primer orden”.

Terminada la guerra, el Soviet Supremo otorgó a Stalin, prácticamente en secreto, el título de Héroe de la Unión Soviética, la más alta condecoración militar -equivalente a nuestra Laureada de San Fernando- que solo fue concedida a menos de doce mil combatientes, en muchos casos a título póstumo, entre los casi siete millones de soviéticos que lucharon en la guerra. Stalin montó en cólera y se negó en redondo a recibirla porque estaba expresamente destinada a quienes hicieran hazañas heroicas, proezas extraordinarias, en el campo de batalla. En la mayoría de los bustos y retratos de Stalin este lleva, prendida en el pecho, una medalla que parece la de Héroe. Nunca se la puso. La que llevaba siempre, como única condecoración, merecidamente y con orgullo, era la de Héroe del Trabajo Socialista, que solo se distinguía de la otra por llevar grabados en la gran estrella de oro la Hoz y el Martillo.

Poco después, el Soviet Supremo, a petición de los más renombrados mariscales, decidió otorgar a Stalin el título de “generalísimo”, sin duda merecido. ¿Lo aceptó a regañadientes o encantado? Probablemente, se sintió satisfecho pero rechazó enfurecido los ostentosos modelos de “uniforme de generalísimo” que, por sorpresa, le presentaron. Siguió llevando la guerrera de los mariscales, cuyo único distintivo era, y sigue siendo, la gran estrella de cinco puntas bordada en las hombreras. Y en 1949, Stalin decidió acabar con los halagos: prohibió expresamente que se le otorgasen “otras medallitas” (sic), con motivo de su setenta cumpleaños.

En resumen: “generalísimo”, título merecido. ¿Le gustó? Seguramente. ¿Presumió de él? En absoluto, no tengo constancia de que lo usase al pie de su firma en órdenes o decretos.


10. Tu libro se titula "Stalin el Grande". ¿El título no debería ser más imparcial?

Buen número de historiadores y políticos tienen a Stalin por el más grande hombre de Estado del siglo XX. Recibió un país arruinado por la Primera Guerra Mundial, la intervención extranjera y la guerra civil, en el que tres cuartas partes de la población, mayoritariamente campesina, era analfabeta, y lo convirtió en una gran potencia; lo encontró con arados de madera y lo dejó con armamento atómico y a punto de emprender la carrera espacial. Modernizó el país, extendió la cultura, creó fábricas a millares, abrió universidades, miles de bibliotecas, teatros de ópera y ballet. La música fue incluida, de modo obligatorio, como una materia más, en las enseñanzas básica y secundaria. Se abrieron escuelas de música incluso en las más pobres aldeas; y conservatorios en todas las ciudades. “La cultura -afirmó Stalin- es el oxígeno sin el que no podemos dar un paso adelante”.

Pero los éxitos de Stalin tienen mayor calado. Su logro más trascendente fue crear una nueva civilización: transformó por entero el modo de vida, la psicología, la cultura del pueblo. La sociedad sufrió una convulsión drástica, despertó del letargo secular, mudó de valores, se encontró inmersa en un mundo diferente. Stalin supo trasmitir a la gran masa de la población su propio paroxismo del esfuerzo, la aspiración al saber, el sueño de que todo era posible.

Me remito a algunos de los políticos occidentales que han emitido juicios positivos sobre Stalin. Averell Harriman, nombrado embajador norteamericano en Moscú, en 1943, dice: “Me pareció mejor informado que Roosevelt, más realista que Churchill […] el más eficaz de los líderes de la guerra”. George Kehnan, embajador desde 1952: “Nunca dudé, cuando le visité, que estaba en presencia de uno de los hombres más notables del mundo […] uno de los verdaderos grandes hombres de la época”. Winston Churchill: “Stalin figurará entre los grandes hombres de la historia de Rusia, se ha ganado el título de Stalin el Grande”. William Bullit, primer embajador estadounidense en la URSS: “Stalin ha ganado apuestas tan enormes como ningún otro estadista jamás”. Henry Kissinger, en Diplomacia: “Él fue el realista supremo: paciente, astuto e implacable, el Richelieu de su época”. General Bedell Smith, jefe del Estado Mayor aliado durante la guerra y sucesor de Harriman como embajador en Moscú: “Un hombre que llenará más páginas de la historia universal que Napoleón”.

Esas citas sobre el “zar rojo” me hacen pensar que quizá me quede corto al titular mi libro Stalin el grande.


11. ¿Qué impresión causó tu libro cuando lo publicaste?

Creo que inicialmente la gente pensaría con desdén: “¿Otra biografía de Stalin?”; ya que hay cientos, algunas de ellas con errores de bulto, otras excelentes. Empezó a ser conocido gracias a las opiniones favorables en la red de los primeros lectores, que vieron que no era una biografía, sino un estudio de su genio polifacético y de sus logros en favor de su país y de su pueblo. También pienso que gran parte del éxito se debe a su título “a contracorriente”. Siempre estaré obligado a Daniel Fernández, presidente de EDHASA, por publicar el libro pese a su título enalteciendo al personaje.


12. ¿Algún colega tuyo del ejército te criticó o algún superior puso pegas?

Pegas no podían poner, ya que estoy retirado hace años, como otros compañeros que dicen verdades como puños por haber terminado su servicio activo. Críticas de superiores, no he recibido ni una, más bien al contrario; a los militares les gusta la historia, admiran a los grandes “capitanes” y saben de sobra que fue Stalin quien ganó la guerra.


13. ¿Cuáles son las fuentes para sacar el libro?

En primer lugar, lo publicado sobre Stalin en Occidente, sobre todo biografías. Además, las memorias de sus colaboradores civiles y militares. Y, sobre todo, la ingente información conservada en los archivos rusos, abiertos parcialmente a partir de 1991. Es tanta la documentación acumulada que me he visto obligado a seleccionar y recortar para no caer en el exceso. Emprendí esa dolorosa criba con clara conciencia de lo que no quería: ver de superar las biografías existentes. Decidí centrarme en la fascinante personalidad del implacable “zar rojo”; y especialmente en dos de sus rasgos distintivos: el ansia de conocimientos y el genio político. La curiosidad intelectual, el afán por aprender, la pasión por los libros, el vivo interés por las artes y las ciencias le acompañaron hasta el final de sus días. En cuanto a su talento político, del que ya he hablado, queda patente en sus impresionantes logros como estadista, materia más que suficiente para acreditar su grandeza.


14. ¿Es real la imagen de que Stalin tenía una camarilla a nivel político y militar?

Lo que Stalin tuvo siempre a su servicio fue un equipo extraordinario, sin el cual no habría podido alcanzar sus objetivos. Uno de sus grandes éxitos fue el continuo hallazgo de colaboradores capaces. A diferencia de Lenin, que -según Trtotski- tenía una capacidad limitada para juzgar a la gente, supo rodearse en todo momento de ejecutivos excelentes. Por pura intuición, descubría al primer golpe de vista jóvenes talentos en la industria, el comercia, las instituciones del Partido y del Estado; y los designaba para puestos que, en principio, les venían grandes. Confiaba en ellos y estaba seguro de que se entregaría en cuerpo y alma al trabajo, y harían frente al desafío. Es lo que hizo, por ejemplo, en numerosas ocasiones en el ámbito militar.

Shtemenko, director de Operaciones del Estado Mayor General, que despachaba diariamente con Stalin -en concreto, todas las noches hasta altas horas de la madrugada-; y Kuznetsov, comisario de la Marina de Guerra, tenían poco más de treinta años cuando asumieron sus funciones por decisión personal de Stalin. A esa edad, muchos oficiales habían alcanzado el generalato y mandaban con acierto grandes unidades. Al terminar la guerra, el Ejército Rojo contaba con 5.700 generales y almirantes y una docena de mariscales; incluso estos eran muy jóvenes: ninguno de ellos -salvo los incompetentes Voroshilov y Budioni, camaradas de Stalin desde la guerra civil y no operativos, en la contienda con Alemania- había cumplido cincuenta años el Día de la Victoria, diez menos que la media de sus contrincantes nazis. Y lo mismo puede decirse de los dirigentes en el ámbito civil, que hicieron esfuerzos sobrehumanos para producir armamento en cantidades ingentes, y alimentar al Ejército y a toda la población.


15. ¿Alguna apariencia entre Stalin y Maquiavelo?

Los autores preferidos de Stalin fueron Bismarck, Engels y Maquiavelo. Del primero, con quien el propio Hitler gustaba compararse, ordenó la reimpresión de sus Obras Escogidas, dos tomos de memorias y uno de discursos, que habían sido publicados en San Petersburgo en 1899. De Engels le interesan sobre todo sus escritos militares, cientos de páginas sobre la organización de los ejércitos, la táctica las técnicas de combate, la instrucción y la moral de las tropas, las guerrillas… Respecto a Maquiavelo, subraya y amplía con ideas propias los conocidos comentarios de Napoleón a El Príncipe. Ese ejemplar anotado, uno de los libros de cabecera de Stalin, nunca reproducido y solo conocido por los íntimos, desapareció en el pillaje de sus bibliotecas después de su muerte. Sin embargo, aunque Stalin conocía perfectamente a Maquiavelo y había seguido en numerosas ocasiones sus consejos, hizo caso omiso de una de sus más sensatas advertencias: “Gran prudencia será la de un príncipe viejo que no dejase en duda la sucesión”. Ese funesto error, de un líder enfermo y receloso, llevó al poder a una serie de dirigentes mediocres o corruptos; y a Rusia al descalabro total. Hasta que surgió, como por encanto, el hombre providencial que rige su destino desde el comienzo de este siglo.


16. ¿Agradecido a la editorial Templando el Acero por promocionar el libro?

Agradecido y admirado, ya que su empeño en publicar libros diferentes, prácticamente inencontrables, merece el reconocimiento de quienes conocemos su catálogo.

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