Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Santiago de Compostela, es profesor de Historia en el IES Valadares de Vigo. Investigó la retaguardia franquista durante la guerra civil española: movilización, propaganda política y depuración administrativa y estudia la movilización y politización de masas en la fase inicial de la dictadura en Galicia. [1] Su obra Medo político y control social en la retaguardia franquista fue finalista del Premio de la Crítica Galicia 2016.
1. ¿Por qué te interesaste por la historia y la represión franquistas?
Me interesé por la historia y, en particular, por la represión franquista, no por vocación exclusivamente historiográfica sino por una intuición incómoda: en España el pasado nunca acaba de pasar. No es que estuviera oculto, es que estaba cuidadosamente administrado, dosificado en relatos oficiales y en esa pedagogía de la desmemoria que convirtió a las víctimas en murmullo casi inaudible y a los verdugos en un nota a pie de página. Además, la represión franquista no es solo un episodio histórico; contribuyó con todas sus complejas facetas a crear una estructura de poder que dejó sedimentos en la cultura política, en el lenguaje y hasta en la forma de contar críticamente el presente.
Me interesó porque cada fosa sin abrir, cada archivo no investigado y cada equidistancia periodística funcionaban como señales que avisaban : aquí hay algo que no se quiere contar del todo. Uno no llega a este interés solo por erudición profesional sino por sospecha. Sospecha de los consensos pulidos, de las reconciliaciones que olvidan preguntar quién tuvo que reconciliarse con qué. Investigar la represión fue, en ese sentido, una forma de romper con esa cortesía histórica que exige no incomodar a los herederos del silencio que aún ahora continúan teniendo demasiado poder . Y luego , por último, está la dimensión moral. La motivación ética que resulta más importante. Mas que las propiamente historiográficas. No se trata de reabrir heridas- frase útil para quien nunca las sufrió— sino de entender por qué algunas nunca se cerraron.
3. ¿Sirve de algo realmente ilegalizar la Fundación Francisco Franco si luego grupos políticos asemejados o parecidos al franquismo convocan concentraciones en Ferraz?
Si que sirve. Ilegalizar una fundación que glorifica una dictadura tiene un valor simbólico indiscutible: fija un límite, establece un marco democrático mínimo, recuerda que hubo un régimen ilegítimo sustentado en la represión. Pero el problema es que el neo franquismo sociológico nunca necesitó siglas ni sedes oficiales para sobrevivir, mientras se clausura una fundación, otros actores- más adaptados al ecosistema democrático, más hábiles en el lenguaje y en la puesta en escena-pueden convocar concentraciones frente a Ferraz sin necesidad de reivindicar explícitamente a Franco.
No lo necesitan: les basta con activar los mismos reflejos, las mismas nostalgias difusas, la misma idea de que la legitimidad política es siempre provisional cuando no gobiernan los “propios”. Ahí es donde la medida- como tu dices- se revela insuficiente. No porque sea inútil, sino porque es parcial. El franquismo no fue solo un régimen; fue una cultura política, una manera de entender la autoridad, el orden y la discrepancia. Y eso no se ilegaliza por decreto. En ese sentido, la ilegalización de la fundación es punto de partida, pero nunca un punto de llegada. Si no va acompañada de una política sostenida de memoria, de educación histórica rigurosa y de una defensa activa de los valores democráticos - no solo en las leyes, sino en el discurso público- corre el riesgo de convertirse en un gesto solo simbólico , mientras el problema real sigue encontrando nuevas formas de expresión. Porque la cuestión de fondo es qué siguen teniendo espacio para hacerlo con normalidad social.
4. ¿ De que trata tu libro “El pan y la cruz”?
El libro analiza cómo el Auxilio Social falangista convirtió la ayuda alimentaria en una herramienta de control social durante la década de 1940 en Galicia. El Auxilio Social fue usado para crear un relato propagandístico benefactor del poder y un complejo dispositivo de reproducción de la política social franquista. Apoyado en medidas de presión y coacción, terminó siendo una decisiva herramienta de control social. Pero estas medidas fueron respondidas con muestras de rechazo que no se ajustaron a la imagen propagandística de una Galicia sumisa y colaboradora En Galicia durante los años 40, el hambre y la recristianización sirvieron para coaccionar a los necesitados. Se suministraba comida a cambio de garantizar filiación ideológica hacia los valores del nacionalcatolicismo. El objetivo era la clase trabajadora, el grupo social que más se opuso al golpe de Estado. Los niños y mayores fueron sometidos a control a través de dos asociaciones incluidas dentro del Auxilio Social, se realizaba adoctrinamiento religioso y se imponían pautas de conducta. Se extendió la corrupción: se retiraba comida de los almacenes para venderla en el mercado negro. El sistema llegó a su punto más crítico hacia 1946, coincidiendo con los dos peores años de privación alimentaria y el alza brutal de precios.
En resumen: es un estudio histórico que desenmascara la propaganda del franquismo, mostrando cómo el hambre se utilizó como mecanismo de violencia estructural para imponer obediencia, adoctrinamiento religioso y sumisión política en la Galicia de la posguerra.
5. Eres gallego, de Vigo ¿Es cierto que en Galicia no fue la guerra tan dura como en otras partes de España o la represión fue más silenciosa?
6. ¿Qué ocurrió con la lengua gallega y libros escritos en gallego cuando los franquistas tomaron Galicia tras el golpe de estado de 1936?
Los libros y publicaciones en gallego fueron objeto de incautaciones, expurgos y quemas públicas. Las comisiones depuradoras (formadas por falangistas y sacerdotes) retiraron de bibliotecas, centros culturales y domicilios particulares obras de Rosalía de Castro, Curros Enríquez y otros autores del Rexurdimento. Se saquearon bibliotecas como la del Seminario de Estudos Galegos, y se quemaron públicamente volúmenes considerados “antiespañoles”. La editorial Nós, símbolo del galleguismo cultural, fue asaltada y su director Ánxel Casal fusilado en 1936 precisamente por su defensa del idioma y la cultura gallega.
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| Quema de libros en A Coruña el 19 de agosto de 1936 |
A partir de ese momento, el gallego fue excluido de todos los ámbitos oficiales, educativos y públicos. Se prohibió su uso en la enseñanza, en la administración y en actos institucionales. En las escuelas, los niños que hablaban gallego eran castigados físicamente (varazos, bofetadas, arrodillarse sobre garbanzos, “la silla del castellano”, etc.). En los seminarios, los castigos podían llegar a cilicios y penitencias prolongadas. Se promovieron campañas con eslóganes como “Habla el idioma del Imperio” y se asoció el gallego con el mundo rural, el atraso y la inferioridad cultural, generando un complejo de inferioridad que llevó a muchos padres a dejar de transmitirlo a sus hijos. Los maestros y funcionarios galleguistas fueron depurados masivamente: suspendidos de empleo y sueldo, inhabilitados o separados definitivamente del servicio por el cargo de “galleguistas”. La censura previa y la autocensura hicieron que la producción literaria en gallego quedara prácticamente paralizada dentro de Galicia. Fue lo que se ha llamado la “longa noite de pedra”. El gallego quedó relegado al ámbito familiar y rural, mientras el castellano se imponía como lengua de prestigio, de la ciudad y del ascenso social. La represión no fue siempre espectacular sino cotidiana, silenciosa y efectiva. Esa es la realidad histórica, documentada en archivos y testimonios. Negarla o minimizarla es negar la evidencia.
7. ¿Franco realmente ayudo a eliminar el hambre en España como lo venden los franquistas?
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| Cartilla de razonamiento franquismo |
10. ¿Las leyes de memoria histórica se quedan cortas?
Sí, las leyes de memoria - tanto la de 2007 como la de Memoria Democrática de 2022- se quedan manifiestamente cortas. Son pasos parciales e insuficientes para abordar la magnitud de la violencia franquista y la deuda histórica que España arrastra con las víctimas. No resuelven lo esencial: verdad plena, justicia efectiva y reparación integral. Y esto es una conclusión que surge de la comparación con estándares internacionales de justicia transicional Tienen de positivo que reconocen a las víctimas, facilitan la exhumación de fosas, impulsan la retirada de símbolos franquistas (aunque con resistencias y lentitud), declaran la ilegitimidad del golpe de 1936 y del régimen, y promueven cierta pedagogía democrática. En Galicia, por ejemplo, han permitido avanzar en la localización de desaparecidos y en la dignificación de algunos espacios. Pero en cambio sus carencias son mayores. No se deroga la Ley de Amnistía de 1977 ni se remueven los obstáculos jurídicos (prescripción, legalidad retroactiva) que impiden investigar y juzgar crímenes de lesa humanidad del franquismo. Miles de ejecuciones extrajudiciales, torturas sistemáticas, robos de bebés, trabajos forzados y expolios quedan fuera del alcance penal. Esto contrasta con lo ocurrido en Argentina, Chile o incluso en otros países europeos. Mantener la impunidad no es “reconciliación”: es prolongar el triunfo de los verdugos.
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| Ánxel Casal |
En segundo lugar. No hay declaración de ilegalidad radical del franquismo. Se habla de ilegitimidad, pero no se anulan en bloque las sentencias de los tribunales militares, los consejos de guerra sumarísimos ni las depuraciones masivas. Esas sentencias siguen, en gran medida, formalmente vigentes o sin revisión plena. En tercer lugar la ley no contempla el acceso total a los archivos. La Ley de Secretos Oficiales de 1968 sigue protegiendo documentación clave. La desclasificación es lenta y condicionada. Sin archivos abiertos no hay verdad histórica completa: Otra carencia de la actual ley es la búsqueda de desaparecidos depende demasiado de la iniciativa familiar y asociativa, y no se toca el expolio económico (bienes incautados, multas de guerra, etc.). Otro aspecto carencial y negativo de la legislación memorialistica española es su implementación frágil y reversible. Su implementación depende de mayorías políticas. La ley no ha tenido una implantación de ley orgánica para impedir que los Gobiernos autonómicos de derechas derogaran leyes autonómicas o las sustituyan por “leyes de concordia” que equiparan bandos y blanquean la dictadura.
Eso demuestra que estas leyes estatales no han enraizado lo suficiente en el ordenamiento ni en la conciencia colectiva. En definitiva, estas leyes son un parche tardío y mediatizado por el miedo a “reabrir heridas” La Transición optó por el olvido institucional; estas normas intentan corregirlo a medias, pero sin cuestionar de raíz el pacto de silencio. Mientras no haya una nulidad radical de las condenas franquistas, investigación judicial independiente y pedagogía histórica obligatoria y rigurosa seguiremos siendo una democracia de baja intensidad en materia de memoria.
11. Has escrito muchos artículos, hay una que me llama la atención ¿Por que el franquismo persiguió tanto la masonería y la demonizo?
La masonería no fue un odio marginal en el franquismo : fue uno de los pilares ideológicos y represivos del régimen. El franquismo convirtió a la masonería en el enemigo perfecto: un “contubernio judeo-masónico-bolchevique” que explicaba, según su lógica, todos los “males” de España desde el siglo XVIII. Franco, gran lector de Juan Tusquets (jesuita propagandista antimasón), interiorizó esta teoría conspirativa. La masonería representaba todo lo que el régimen rechazaba: liberalismo, laicismo, tolerancia, cosmopolitismo y defensa de la libertad de conciencia. Se la acusaba de orquestar la pérdida del imperio, la caída de la monarquía, la República y, por supuesto, la “subversión roja”. Esta narrativa no nació con la guerra: se cultivó intensamente durante la Segunda República por la prensa católica (ABC, El Debate, Gracia y Justicia, etc.), inspirada en los falsos Protocolos de los Sabios de Sión. Se presentaba a la República como “hija de la masonería”, manipulada por logias extranjeras para destruir la Iglesia y la unidad de España. Figuras como Gil Robles la usaron para movilizar electoralmente a las derechas en su exitosa campaña de 1933 . Una vez iniciada la sublevación de 1936, esa propaganda se integró sin ninguna modificación en el discurso propagandístico de la “cruzada”.
Desde los primeros días del golpe, las logias fueron asaltadas, sus archivos incautados y sus miembros perseguidos. La Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo de marzo de 1940 fue el instrumento clave en esta persecución . Creó un Tribunal Especial (activo hasta 1963) que incoó miles de expedientes (más de 27.000), condenó a casi 9.000 personas y aplicó penas durísimas: inhabilitación perpetua, prisión de hasta 30 años, incautación de bienes. Tenía carácter retroactivo, violaba principios básicos del derecho (presunción de inocencia, defensa efectiva) y funcionaba con delaciones anónimas y sesiones secretas. En todo el país, esto se tradujo en depuraciones de funcionarios, maestros y profesionales sospechosos de “ideas disolventes”. La delación se promovió como acto de lealtad al régimen; incluso se ofrecía a los propios masones rebajar penas si delataban a compañeros. La Iglesia colaboraba concediendo retractaciones de “errores de fe”. El resultado fue un clima de terror, sospecha y aislamiento social que duró décadas. La masonería, aunque numéricamente reducida, simbolizaba el enemigo interno moderno: ilustrado, secreto, transnacional. Permitía al régimen mantener viva la amenaza incluso después de ganar la guerra, justificar el aislamiento internacional y cohesionar a sus apoyos (Iglesia, Falange, militares) bajo una narrativa común de salvación de la Patria y la Fe. Fue, en definitiva, una herramienta de control social y legitimación ideológica del “Nuevo Estado”.




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