Responden las organizadoras del seminario de marxismo-leninismo y mujer Lucía Gutiérrez, Estíbaliz Sarasola y Sara Oyonarte.
1. ¿Cómo nace el debate de “Marxismo y mujer”?
Hace un siglo no existía un debate sobre si el marxismo incumbía o no a las mujeres. Ya el socialismo premarxista aspiraba al fin de la opresión de la mujer, y esta cuestión fue asumida por el marxismo. Elementos de ello aparecieron en el “Manifiesto del Partido Comunsita” y en otras obras de Marx y Engels. En 1879 August Bebel, seguidor de ambos, publicó “La mujer y el socialismo”, que fue mejorado durante más de 30 años a través de 50 ediciones. También jugó un papel central “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado” de Engels y partes de “El capital” de Marx, así como todo el trabajo teórico y organizativo de Clara Zetkin entre 1880 y 1930, y el de Lenin. Como remate, el 8 de marzo, día internacional de la mujer trabajadora, fue una propuesta de partidos marxistas, que se celebró durante décadas tan solo en los países socialistas.
En definitiva, el marxismo desde sus inicios pensó en la clase obrera como llave de la emancipación universal: de todos los trabajadores, las mujeres y los pueblos oprimidos. Y luchó conscientemente por ello. Combatió contra las ideas erróneas insertas en el movimiento obrero y contra la influencia entre las mujeres obreras de un feminismo de carácter burgués; contra un movimiento femenino independiente, desligado de la lucha por el socialismo. El comunismo era reconocido como un movimiento también de emancipación de las mujeres y el pensamiento reaccionario lo combatía demagógicamente inclusive en este campo (cuestión ya recogida en el “Manifiesto Comunista”: “¡Pero es que vosotros, los comunistas, nos grita a coro la burguesía entera, pretendéis colectivizar a las mujeres!”). De hecho, lejos de no tratar el tema, el marxismo ofreció por primera vez el diagnóstico materialista sobre el origen de la opresión de la mujer y sobre las condiciones de su emancipación.
Pero desde el último cuarto del siglo XX se ha ido dibujando otra situación en Occidente, provocada, por un lado, por el declive del marxismo y el movimiento comunista en esta parte del mundo, y, por otro, por el auge del movimiento feminista y las múltiples teorías feministas. A la par que decaía el movimiento comunista, persistía (incorporando nuevas formas, como las digitales) un problema real de violencia, mayor precariedad y machismo contra las mujeres, que estas percibían y combatían. Comenzaron a surgir en la academia diversas teorías feministas, algunas de las cuales eran liberales, otras se inspiraban en nociones anarquistas y algunas dialogaban con el marxismo. Se fue abriendo camino la idea de que el marxismo no había tratado la situación de las mujeres o que incluso tenía alguna falla intrínseca que lo incapacitaba para este análisis. Se llegó a afirmar que la perspectiva marxista se acotaba a la clase obrera masculina blanca. Nosotras sabíamos que esa percepción era errónea por varias razones. Las victorias de movimientos anticoloniales y socialistas en Asia, África y América bajo la luz del marxismo-leninismo y con la colaboración de la Internacional Comunista y la URSS, así como las luchas comunistas contra la segregación en todo el mundo, lo refutaban en la práctica. Y otro tanto ocurría con la cuestión de las mujeres: Nadezhda Krúpskaya ya había indicado que las líneas fundamentales de la emancipación femenina estaban en la obra de Marx y Engels, y Clara Zetkin había sintetizado y continuado esta lucha, lo mismo que August Bebel, Lenin, la URSS, la República Popular de China, la RDA, etc.
Más bien el problema central que nosotras identificamos es que el movimiento comunista de Occidente se venía olvidando de su teoría y sus aportes en este campo; de estudiarlos, difundirlos y desarrollarlos, y como resultado dejaba el camino libre a un diagnóstico sesgado del pasado y una serie de ideas no revolucionarias sobre el presente. El movimiento comunista occidental, por lo general, en vez de desarrollar la herencia previa y asimilar críticamente el conocimiento nuevo, ha venido asumiendo de forma ecléctica ideas y teorías surgidas de luchas parciales. Y esto ha ocurrido con facilidad porque aquí el marxismo-leninismo ha pasado por décadas de declive. Ante este panorama, se ha tendido a incorporar sin criterio marxista los planteamientos de otros sectores, pues es un hecho que reaccionaban a problemas reales y movilizaban a sectores cada vez mayores de la población. Pero tal forma de proceder no conducía al diagnóstico integral necesario ni hacia la construcción del partido de la revolución socialista, que es la principal tarea comunista bajo el capitalismo. Por eso decidimos que era necesario preparar un seminario que estudiase sistemáticamente los principales aportes desde Marx y Engels, para esclarecer qué había dicho realmente la teoría marxista-leninista sobre nuestra opresión y emancipación. Solo así podríamos desmontar todos los lugares comunes que se habían acumulado durante décadas de victorias burguesas y situarnos en el presente con una comprensión lo más madura y profunda posible de nuestra teoría.
Para nosotras ha sido una alegría que muchas compañeras hayan recuperado la confianza en el marxismo-leninismo al conocer por sí mismas esta importantísima historia; que se hayan apoyado en el seminario para seguir militando con más fuerza, convicción y capacidad de estudio. También nos alegra que otras compañeras, a pesar de no ser militantes comunistas, hayan podido ahondar en este aspecto del marxismo-leninismo y poner en cuestión prejuicios muy extendidos. La reacción de quienes han participado en el seminario es de entusiasmo y compromiso. Lo hemos comprobado además en las charlas que nos han invitado a dar, por el momento en Andalucía, las dos Castillas y Asturias. Creemos que la potencia científica del marxismo-leninismo tiene también este efecto positivo de animar a la lucha.
2. Veo una crítica al feminismo desde muchas camaradas socialistas ¿El feminismo no es una herramienta también de emancipación igual que el marxismo?
Por feminismo se entiende generalmente dos cosas: un movimiento social y una teoría. Ambas buscan desenmascarar las formas específicas de opresión que sufren las mujeres y superarlas. Pero ninguna de estas dos dimensiones son unitarias, sino que hay debates polarizados en su interior.
El feminismo lo conforman muchas corrientes reconocibles (desde el feminismo ilustrado al decolonial, pasando por el radical, el ecofeminismo o el transfeminismo, por ejemplo). Pero este hecho, es decir, la proliferación de teorías dentro del feminismo, genera dispersión, competencia de discursos y, sobre todo, pérdida de un horizonte común. Esto es algo que cualquier mujer que milite en el movimiento de mujeres ha podido experimentar.
Una de las primeras lecciones que aprendemos del marxismo-leninismo es que, en cada época, las ideas de la clase dominante tienden a convertirse en las ideas dominantes. Y estas ideas dominantes no siempre se presentan como reaccionarias, sino que pueden presentarse bajo apariencia progresista, de preocupación social. De hecho, muchas veces la ideología burguesa se expresa precisamente a través de discursos que parecen emancipadores, críticos o transformadores. Y esto también afecta al feminismo.
La coexistencia de corrientes diversas es un terreno fértil para que se impongan lecturas parciales de la opresión de las mujeres. Son lecturas que, como no analizan en profundidad el capitalismo, tienden a desplazar su contradicción principal, fragmentan las luchas y plantean estrategias políticas inconexas que finalmente no trascienden la reforma. El resultado es que se desarma a las mujeres de la clase obrera, y con ello al conjunto de la clase.
Mientras el marxismo-leninismo tiene una base filosófica definida, con una concepción materialista dialéctica de la realidad (inclusive de la realidad histórica) y un diagnóstico del capitalismo y su fase imperialista, así como de las formas de organización revolucionarias para superarlo, tal unidad de concepciones no existe en las teorías feministas. Algo similar ocurre con las diferentes corrientes del ecologismo o con las diferencias entre el comunismo y el anarquismo.
Ningún comunista se plantea asumir directamente cualquier idea anarquista o ecologista, aunque compartamos que es necesario acabar con las clases sociales, el Estado y el peligroso deterioro de las condiciones de vida naturales del ser humano. Es un hecho que muchas personas, desde diferentes planteamientos, queremos construir una sociedad mejor, y eso es un síntoma de la crisis general del capitalismo. Pero como revolucionarias, debemos tener un análisis correcto e integral de la situación y organizarnos de manera consecuente con ese diagnóstico. Necesitamos hacer un estudio marxista-leninista detallado de lo que dicen las diferentes posturas, identificar sus errores y acoger los análisis y propuestas acertadas que nacen de ellas. No es suficiente el deseo de una mejor sociedad y el odio a ciertas formas de opresión o a ciertos efectos del capitalismo para superar el presente. No olvidemos que el marxismo tuvo que confrontar con el anarquismo, el populismo, el economismo, el reformismo, el menchevismo y otras corrientes que también aspiraban a superar el capitalismo.
Muchas de nosotras pasamos del movimiento feminista y la teoría feminista al comunismo y al marxismo porque entendimos que este último planteaba un proyecto completo y consecuente, donde la cuestión de las mujeres estaba incluida como parte de la cuestión social general. No se trata de un abandono de nuestras preocupaciones ni una negación de las violencias específicas que sufrimos. Se trata del descubrimiento de un marco científico que identifica la raíz de toda opresión y ofrece una estrategia real de emancipación, no solo un horizonte de reformas parciales. Este tránsito, sin embargo, nos exige una vigilancia constante, porque el movimiento comunista en Occidente ha padecido durante décadas un abandono del estudio riguroso de su propio legado sobre la mujer, dejando un vacío que a menudo se ha llenado inconscientemente con retazos del feminismo burgués.
La revolución, la superación del capitalismo, es un proceso de enorme complejidad histórica. Está sometida a condiciones que tenemos que tener en cuenta y a las que hemos de supeditar nuestras aspiraciones más inmediatas y sentidas (a menudo basadas en prejuicios que engendra esta sociedad y ajenos a las necesidades de la lucha). Por ejemplo, ningún país socialista querría emplear recursos humanos y naturales para desarrollar la fuerza militar, pues su modelo económico no tiende a la guerra, sino a la relación fraternal entre los pueblos. Sin embargo, la agresividad del imperialismo no deja opción. Nosotras no podemos condenar a estos países por ello, sino celebrar su responsabilidad con su revolución, su pueblo y con su contribución a la arena internacional. Esta misma lógica se aplica a la cuestión de la mujer en los procesos revolucionarios. Cuba, Nicaragua, China o la URSS no han desplegado sus políticas de emancipación en un laboratorio aséptico, sino desde condiciones de atraso y bajo el asedio y la injerencia imperialista. Exigir a estas revoluciones unos resultados descontextualizados de sus condiciones es tan miope como condenarlas por desarrollar una industria de defensa. La verdadera solidaridad revolucionaria consiste en comprender las determinaciones que condicionan cada avance y en celebrar la responsabilidad histórica de estos pueblos, que incluso en las circunstancias más adversas han logrado transformar las condiciones de vida de las mujeres trabajadoras. Por supuesto, todos los países socialistas han tenido y tienen tareas pendientes en todos los ámbitos. El avance hacia el comunismo es un largo proceso ascendente.
El marxismo retoma la importante idea de Hegel, y la fundamenta minuciosamente, de que la libertad es el reconocimiento de la necesidad. La revolución tiene sus determinaciones, sus leyes. No cualquier intento o idea conduce a ella. Nosotras estudiamos para encontrar el complejo camino por el que necesariamente se abre paso la liberación de la humanidad. Aplicado al tema de nuestro seminario, esto significa que la emancipación de la mujer es un resultado objetivo de la transformación de las relaciones de producción; transformación ligada a la victoria de la clase obrera. De ahí la necesidad de enfocar nuestras fuerzas a la construcción de organizaciones obreras y de masas, estrechamente articuladas a un proyecto revolucionario de conquista del poder. Solo así se puede socializar el trabajo doméstico, garantizar el acceso a la educación y a la salud, y movilizar a las mujeres como sujetos políticos de pleno derecho.
El feminismo, en general, busca la emancipación, sí; lo mismo que el pacifismo o el ecologismo. Pero la unilateralidad puede ser aprovechada por el enemigo. Por ejemplo, algunas ideas feministas, tomadas unilateralmente, se han empleado para atacar al socialismo chino o legitimar la agresión imperialista a Nicaragua o Irán. Y, ojo, también el movimiento obrero ha sido instrumentalizado: recordemos la primera guerra imperialista y todos los partidos de la Internacional Socialista que apoyaron a “sus” gobiernos en ella, así como otras formas de oportunismo y reformismo posteriores. Nosotras tenemos que oponernos a esto y mostrar la visión holista, marxista-leninista, que nos sirve para orientarnos ante la complejidad del presente. Cuando la lucha de las mujeres se desliga de la lucha de clases y del horizonte comunista, y se concibe como un movimiento autónomo regido por su propia lógica interna, se vuelve vulnerable a la instrumentalización por parte del imperialismo. Esta captación opera mediante mecanismos que no requieren necesariamente la complicidad consciente de las activistas y militantes. Basta con que el marco ideológico priorice la identidad sobre la clase; la denuncia simbólica sobre el análisis de las condiciones materiales; la autonomía absoluta respecto al Estado sobre la construcción de poder popular y la conquista de la dictadura del proletariado. La injerencia extranjera financia selectivamente a aquellas organizaciones que, con el lenguaje de los derechos de las mujeres, centran sus críticas en los procesos revolucionarios y antiimperialistas mientras guardan un silencio cómplice sobre las mismas violencias en los países aliados del imperio. Se promueven así liderazgos inorgánicos sin arraigo en las masas trabajadoras, se importan agendas desconectadas de las necesidades concretas de las mujeres del Sur y se fomenta la fractura del bloque popular bajo la apariencia de una pureza reivindicativa. El resultado es que una causa justa y necesaria (la lucha contra la opresión que sufrimos las mujeres) es desviada de su potencial transformador y convertida en un ariete contra los pueblos que osan construir su propio destino fuera de la órbita imperialista. Con esto no creemos estar diciendo nada nuevo. Las mujeres obreras conscientes lo saben. Pero lo decimos para enfrentar la propaganda.
La respuesta comunista no puede ser el rechazo simplista de toda reivindicación feminista, pero sí la recuperación de una posición propia, científicamente fundada en el marxismo-leninismo y anclada en la defensa de la soberanía de los pueblos. Como nos señaló Clara Zetkin, no se trata de crear un "feminismo proletario" como movimiento separado, sino de ganar a las mujeres trabajadoras para la causa del comunismo mediante órganos especializados dentro del partido, demostrando en la práctica que sus demandas específicas solo encontrarán satisfacción plena con la abolición del capitalismo, en el comunismo. Esta es la tarea que nos convoca hoy: estudiar, difundir y desarrollar el legado teórico y práctico del marxismo-leninismo sobre la cuestión de la mujer, para que las aspiraciones legítimas de millones de mujeres no sean desviadas hacia callejones sin salida reformistas ni instrumentalizadas contra los procesos revolucionarios, sino que se integren como una fuerza decisiva en la construcción de la nueva sociedad.
3. En Octubre de 2017 se vio una gran huelga convocada el día de la mujer trabajadora el 8 de Marzo ¿El feminismo no tiene un carburante de movilización popular y de clase?
El capitalismo se basa en la propiedad privada de los medios de producción, que tienen que ser empleados por multitud de trabajadores asalariados, lo que conduce a la apropiación privada del fruto de un trabajo colectivo. Esta es la contradicción fundamental del capitalismo, la cual engendra muchas otras contradicciones. Por ejemplo, el capitalismo depreda las condiciones naturales de la vida humana, lanza al paro y al sobretrabajo según sus necesidades e impide el desarrollo de un verdadero servicio público de crianza y de una auténtica cultura humanista. Todas estas cuestiones las sufren los trabajadores, mujeres y hombres, y una parte se opone a ello de manera activa. Oponerse a algunos de los efectos del capitalismo puede ser el primer paso hacia confrontar el capitalismo en su conjunto y luchar por superarlo. Por eso la gran movilización del 8 de marzo no debe leerse como una prueba de que el feminismo, por sí solo, sea una fuerza revolucionaria de clase, sino como la expresión de una contradicción que empuja a millones de mujeres a salir a la calle en busca de un cambio real. Esas mujeres, muchas de ellas trabajadoras, sienten en su vida cotidiana el peso de la precariedad, la violencia machista, la falta de tiempo y la desprotección. Su indignación es legítima y su movilización es un síntoma de que el sistema nos falla. El feminismo puede ser el vehículo que canaliza esa primera rebeldía, pero la cuestión decisiva es hacia dónde se orienta esa energía: si se queda en la denuncia de los síntomas o si avanza hacia el cuestionamiento y la organización revolucionaria para la superación de la causa que los produce.
Nadie nace con una conciencia revolucionaria plenamente formada. Esta se forja en un proceso gradual. Primero nos interpelan ciertos problemas concretos y, solo después, mediante el estudio y la experiencia, descubrimos que estos asuntos están conectados con otros.
Una parte de la tarea comunista consiste en mostrar que todos los problemas sociales vigentes están ligados a la dominación del capital, y promover la organización comunista de la clase obrera, para que todas estas batallas formen parte de la gran guerra del trabajo contra el capital. Es necesaria esta tarea por dos razones: 1) porque tales problemas radican en la sociedad capitalista y 2) porque de otro modo nos dividen y nos vencen por partes.
Esto no significa que mientras no superemos el capitalismo no haya nada por lo que luchar y solo debamos centrarnos en construir una organización política proletaria. Por supuesto que hay derivas reaccionarias que frenar, regulaciones que exigir y reformas que promover, y es precisamente luchando por ello como se destacan figuras a las que hemos de proponer que se sumen al proyecto comunista. Cada guardería pública que arrancamos, cada ley contra la violencia machista que conquistamos, cada derecho laboral que defendemos no solo mejora nuestras vidas aquí y ahora, sino que también nos organiza, nos muestra nuestra fuerza colectiva y nos revela los límites del sistema. Son escuelas de conciencia, especialmente si un partido comunista interviene y traslada sus consignas y su programa. Como señalaba Lenin, las reformas democráticas no suprimen la opresión de clase, pero hacen la lucha de clases más abierta, más amplia y más consciente. Lograr conquistas parciales no resuelve el problema de fondo y estas conquistas siempre se pueden revertir en la próxima crisis económica. El capitalismo no es capaz de producir una sociedad plenamente sana, culta, pacífica e integralmente segura para las mujeres. Eso solo puede lograrlo una sociedad que no explota a una parte de sus integrantes ni a otros países.
Por tanto, nuestra tarea no es desmovilizar las luchas parciales sino explicar el diagnóstico comunista, plantear ante esos conflictos un punto de vista comunista y trasladar este punto de vista a quienes están a nuestro alrededor, y especialmente a las mujeres obreras, pues consideramos que el marxismo tiene verdaderamente en cuenta todos los problemas. No se trata de decir a las compañeras feministas que están equivocadas, sino de invitarlas a dar un paso más: a preguntarse por qué sus demandas más justas nunca se cumplen del todo, por qué cada avance es seguido de un retroceso, por qué el sistema puede absorber algunas reivindicaciones mientras deja intacta la estructura que genera la desigualdad. La respuesta, desde el marxismo-leninismo, es que la liberación de la mujer no puede alcanzarse dentro de los márgenes del capitalismo; necesita un cambio de sistema que solo se puede alcanzar mediante el partido de vanguardia y la dictadura del proletariado.
La experiencia prueba que los trabajadores que luchan comprenden fácilmente la perspectiva marxista-leninista. Quienes tienen los ojos más cubiertos de falsas ideas son en realidad los intelectuales representantes de las ideas pequeñoburguesas, que dominan en eso que se llama “la izquierda”. Pero nuestro termómetro debe ser la conciencia y la organización obreras.
4. ¿Cuál diríais que es el mejor aporte de Kollontai?
Lo cierto es que nuestra experiencia nos recomienda poner el acento en otra revolucionaria comunista algo mayor que Aleksandra Kollontai (1872-1952): Clara Zetkin (1857-1933). Ella fue la gran organizadora del movimiento proletario femenino, una enorme dirigente que vivió el progreso del marxismo desde el siglo XIX hasta la lucha contra el fascismo en los años 20 y 30 del siglo XX, pasando por la fundación de la URSS y la Internacional Comunista. Tuvo relación con Engels, Rosa Luxemburgo, Lenin y Stalin. Recomendamos muy encarecidamente que toda persona saque tiempo para leer varios de sus textos que se encuentran fácilmente en Internet, empezando por su “Contribución a la historia del movimiento proletario femenino alemán” y sus “Directrices para el movimiento comunista femenino”. También la breve y vibrante biografía que Wilhelm Pieck escribió sobre ella: “Clara Zetkin: Medio siglo de militancia marxista”. Y, por supuesto, sus “Recuerdos sobre Lenin”.
Clara Zetkin es una figura admirable y llena de enseñanzas. La hemos de estudiar junto con Marx, Engels y Lenin. De ella podemos aprender muy rápidamente cómo el marxismo desde siempre luchó por la emancipación de las mujeres. También evidencia que es una falacia tratar de contraponer la obra de los grandes hombres y mujeres dirigentes del proletariado. Marx, Engels, Zetkin y Lenin nos legan un frente sin fisuras contra el fascismo, el liberalismo, el reformismo y el revisionismo, por la dictadura del proletariado y el futuro comunista. Y también Kollontai, de quien nos animamos a recomendar uno de sus textos más tardíos, de 1946, que resume los logros bolcheviques respecto a la situación de las mujeres: “La mujer soviética: una ciudadana de pleno derecho en su país”.
5. ¿De dónde viene el adjetivo calificativo de “trabajadoras sexuales”?
Viene de sectores que buscan normalizar la prostitución como un “empleo más” o un “trabajo más”. Como justificación, la comparan con trabajos especialmente insatisfactorios y duros que el capitalismo promueve. También se apoyan en la hipocresía de la sociedad capitalista, que demanda la prostitución pero desprecia a quienes acaban en ella. Esa idea es, por tanto, un efecto no superador de los propios males del capitalismo.
Nuestra visión clara de este asunto no se debe distorsionar. Por un lado, la prostitución está en su enorme mayoría vinculada a la trata y a la explotación imperialista, y a todas las vejaciones, amenazas y trastornos intrínsecos. Por otro, es un fenómeno basado directamente en la más cruda dominación económica a la que está sometida la mayoría de integrantes de nuestra sociedad, enturbia las relaciones saludables entre los sexos, no aumenta la riqueza material ni espiritual de la sociedad, conduce, principalmente a algunas mujeres, hacia fuera de la producción social y de las grandes luchas de nuestro tiempo, y no forma parte de los valores de futuro que la clase obrera inculca a sus descendientes.
Por ello la línea revolucionaria se dirige a la abolición de las condiciones que originan su existencia, es decir, a lograr la sociedad comunista, y, al mismo tiempo, a la persecución de la trata, el proxenetismo y el consumo, y a ofrecer salidas a las mujeres que se encuentran en esta situación. Y otro tanto se puede decir de la pornografía o de los vientres de alquiler, formas todas ellas de comercio con los cuerpos de mujeres vulnerables. Lo que venimos verificando es que solo las sociedades socialistas se toman estos objetivos en serio y logran desarrollar mecanismos integrales (desde la educación y los cambios materiales hasta las sanciones efectivas).
6. ¿Por qué se busca suavizar la prostitución desde algunos sectores progresistas y del feminismo?
Porque han naturalizado el capitalismo y sus efectos, se han vuelto incapaces de pensar más allá de la sociedad actual y todo a lo que aspiran es a regular el presente. Es una manifestación de lo que señalamos al hablar del declive del marxismo en Occidente: al desaparecer el horizonte de la revolución socialista, la crítica se agota en la gestión de los males existentes.
El capitalismo convierte en mercancía todo aquello de lo que pueda obtener beneficio. La fuerza de trabajo, el tiempo de ocio, el arte y también la intimidad y el cuerpo. Quienes hoy defienden la normalización de la prostitución bajo el eufemismo de “trabajo sexual” operan con las mismas categorías del capitalismo que pretenden combatir. Incapaces de concebir la abolición de las relaciones sociales basadas en el dinero, se limitan a exigir que esas relaciones sean “dignas” o estén “reguladas”.
7. ¿Por qué profundizar tanto sobre las mujeres soviéticas y cubanas?
El año pasado comenzamos con un seminario en el que estudiamos los aportes de Marx, Engels, Bebel, Laura Marx, Zetkin, Lenin, Luxemburgo, Kollontai, Stalin y otros marxistas sobre la opresión y emancipación de las mujeres. Pero nos quedamos en los fundamentos y, cronológicamente, en los años 30 del siglo XX. Esto fue un trabajo indispensable y un avance importante, pero suponía una laguna de casi un siglo respecto al presente y dejaba muchas dudas por resolver (escribimos un artículo sobre aquel estudio en el que adelantamos algunas conclusiones sobre la actualidad).
Este año, al estudiar el desarrollo de las mujeres en los procesos de construcción socialista de la Unión Soviética, Cuba y China, continuamos por este camino hasta el presente. En esta ocasión, de aquella idea errónea que sostenía que el marxismo no se había ocupado de la cuestión de la mujer, no quedará ni rastro. Antes de terminar ya habremos comprobado lo opuesto, no solo en los fundamentos y en la lucha contra el capitalismo, sino también en varios países socialistas y por más de un siglo de construcción de la nueva sociedad. Y conviene dedicar varias sesiones a la URSS para poder seguir la evolución desde los años 30 a los años 80, así como la continuidad teórica fundamental.
La militancia comunista, compuesta por hombres y mujeres, así como toda la clase obrera, debe conocer estos procesos para tener una visión lo más profunda posible del marxismo y del comunismo, fortalecer su convicción revolucionaria y saber luchar en su entorno contra los valores e ideas que emana la sociedad capitalista (también debe luchar dentro de sí misma: reeducarse). Hay una serie de grandes mujeres y grandes pasos emancipatorios que han tenido lugar en estos países y que se están dejando de lado incluso en los rescates feministas de la historia. Esta laguna arroja un cuadro deformado de la historia de las luchas por la emancipación que es favorable al capitalismo. Uno de los grandes lastres de la clase obrera de Occidente es la falta de convicción en nuestras propias fuerzas y en la victoria. Nosotras consideramos que las condiciones objetivas para construir otra sociedad están más maduras que nunca. Es necesario difundir el diagnóstico correcto y desarrollar la organización que permitan palpar este hecho real a sectores crecientes de la clase obrera. Ello conducirá a que más personas se entreguen a luchar por el futuro de la humanidad, que es el futuro comunista; el futuro también para el desarrollo integral de las mujeres.
8. ¿Divorciar el marxismo y feminismo no puede llevar a una fragmentación fatal?
Como hemos visto, la teoría marxista y las teorías feministas son diferentes teorías que comparten la lucha contra la opresión de las mujeres. Además, una parte de las teorías feministas también aspira a unirse a otras luchas y a lograr una sociedad diferente de la actual, no capitalista. Pero, por ejemplo, no comparten ni siquiera la misma evaluación de lo que supuso la obra de Marx y el marxismo. En este punto, las posiciones de Lenin, Krúpskaya y Zetkin son antagónicas a las de Simone de Beauvoir o Silvia Federici (por mencionar dos feministas que suelen despertar simpatía entre integrantes del movimiento comunista). Esta diferencia no es menor ni casual; expresa divergencias de principio que atraviesan todos los aspectos: desde la filosofía hasta la necesidad o no de partido político así como el tipo de partido que se defiende. Cualquiera puede constatar sin dificultad que lo que se denomina “feminismo marxista” no es equivalente al marxismo-leninismo, y que en la URSS o en China el progreso de las mujeres ha estado guiado por el marxismo-leninismo y enmarcado en la construcción de la sociedad socialista integral. Nuestro seminario está organizado precisamente para comprobarlo.
Si nosotras consideramos que es necesario construir el partido de la revolución socialista, guiado por el marxismo-leninismo, que tenga implantación en todas las formas de organización obrera, que luche contra el anticomunismo, que defienda la dictadura del proletariado y muestre todos los progresos logrados por los países socialistas; si consideramos que esto es lo que realmente puede construir la fuerza política capaz de derrocar a la burguesía y asegurar la emancipación y el libre desarrollo de las mujeres, debemos defenderlo y debatir con quienes niegan estas necesidades y las consideran un mero deseo subjetivo nuestro, no encaminado a la liberación femenina. Esto no significa romper procesos de unidad popular, de unión en la lucha. Pero, si las comunistas no defendemos todo lo que ya ha clarificado y aportado el proyecto y la teoría comunistas, ¿quién lo hará? Si confundimos los acuerdos prácticos y la unión en la lucha con la alteración de los principios marxistas probados, ¿cómo seguir desarrollando la conciencia y organización obreras, llave de la emancipación? ¿No alimentaríamos con ello una espiral de confusión como la que padece el movimiento comunista occidental desde hace décadas?
En nuestra opinión, el eje del drama político actual de quienes padecemos la explotación capitalista en España y luchamos por superarla es la ausencia de un movimiento comunista fuerte que permita la lucha unida y decidida de la clase obrera. Todos los múltiples problemas, también la violencia contra las mujeres y la falta de servicios públicos, nos llevan a esta grave ausencia y reclaman ponerle fin. Este movimiento es el que puede engarzar la experiencia del pasado y el presente, unir todos los frentes de lucha contra el capital y forjar un nuevo sentido común histórico. Un paso crucial para resolver esta carencia es tener una visión integral de la compleja teoría marxista. Al juntarnos a estudiar colectivamente, más personas, mujeres y hombres, podemos contribuir a dar este paso necesario.
Venimos comprobando que la lucha comunista, en las condiciones pacíficas dentro de un país imperialista, exige un esfuerzo teórico denodado, porque el dominio de la burguesía es muy sólido, tanto en lo económico como en lo político y lo ideológico. Debido a ello, el oportunismo prospera con facilidad y se filtran en el movimiento comunista las ideas antimarxistas “de izquierda” (a veces de apariencia marxista) que tienen eco en la academia burguesa. Estas condiciones exigen al partido proletario, so pena de no perecer o caer en la irrelevancia, ser una maquinaria muy eficiente en todos los sentidos. Entre otras cosas, le exige tener un gran dominio de la ciencia marxista, una gran capacidad de desarrollo de esta ciencia, una vigilancia minuciosa en el frente teórico y unos medios eficaces de popularización de la teoría. Nosotras hacemos lo que podemos para lograr pasos en este sentido. Nuestro propio esfuerzo de estudio colectivo y acumulado esperamos que nos capacite para contribuir crecientemente. Sabemos que los frutos no pueden recogerse a corto plazo, pero también sabemos que las necesidades históricas no admiten atajos. Hay que afrontarlas y resolverlas. Y la respuesta que de momento estamos encontrando es positiva. Avanzamos. Estamos convencidas de que el marxismo-leninismo hará valer su capacidad de guía para la acción, y a ello nos entregamos.







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